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MIL VECES BUENAS NOCHES (Erik Poppe, 2013)

Estrenada casi de tapadillo en la cartelera veraniega, la nueva película que protagoniza Juliette Binoche (en octubre llegará Words and Pictures, comedia dramática dirigida por Fred Schepisi en la que comparte cartel con Clive Owen, y aún nos queda por verle en Sils Maria, lo nuevo de Assayas, que no tiene fecha de estreno) nos lleva a un terreno argumentalmente atractivo, el de los reporteros de guerra, con el añadido que el director Erik Poppe ha querido introducir en esa tan arriesgada y a veces suicida labor, el de sus vidas familiares en el pacífico aunque convulso hogar occidental. El realizador noruego no es un recién llegado al mundo del cine (ésta es su cuarta ficción), pero quizá en su primera película rodada en inglés ha realizado una especie de catársis autobiográfica, ya que Poppe fue reportero de guerra durante los 90 en conflictos por todo el mundo (en América Central, Beirut, Irán, Irak, Camboya, Angola y Mozambique) y además, tiene dos hijas, al igual que la protagonista Rebecca, convincentemente interpretada por Binoche.

Mil veces buenas noches gira en torno a un círculo, ya que comienza y termina en el mismo lugar, Kabul. Allí Rebecca realiza un reportaje fotográfico sobre la preparación de una mártir, comenzando con su aparente entierro, el ritual que se sigue mientras le bañan, la maquillan, la cubren de explosivos, la visten, se despide de su familia y finalmente, se introduce en una furgoneta que la llevará al lugar donde se inmolará. Es aquí, antes de subir al fatídico vehículo cuando Rebecca toma el protagonismo que nunca abandonará en la película, pidiendo a una de las mujeres si puede acompañar a la suicida. Mientras la mujer-bomba pasa agónicamente por el trance hasta hacer estallar el artefacto, Rebecca reacciona (es la primera vez que la veremos ética-activamente implicada ante lo que ve, es decir, se involucra ante el hecho que fotografía), se baja de la furgoneta y avisa de lo que va a ocurrir, no pudiendo evitar la masacre (un plano de unos niños con globos le hace reaccionar). Eso sí, durante los instantes posteriores al estallido, que le alcanza, no dejará de disparar su cámara ante el horror, como si de un autómata se tratase, hasta que pierde el conocimiento. El final de la película es igual, aunque esta vez algo cambiará, siendo el ritual de la mártir el mismo. En esta ocasión, la mujer adulta del principio es sustituida por una adolescente, y como habremos descubierto por todo lo que hemos visto en la hora y media anterior, el recuerdo de Steph, la hija adolescente de Rebecca, llega como un martillo y sacude la conciencia de la reportera. A partir de ese instante, aunque lo intente, no podrá sacar ninguna imagen más, como si una fuerza invisible le impidiera apretar el disparador. Y mucho menos entrará esta vez en la furgoneta, quedándose con la madre anónima de la mártir, en medio del callejón, arrodilladas de impotencia, en una imagen bella pero que sacude la conciencia.

Seguramente este principio y este final sea lo mejor de Mil veces buenas noches, y es que lo que Erik Poppe ha colocado en medio, aunque dé sentido a lo que vamos viendo, se queda en un guión jalonado de tópicos melodramáticos y que muchas veces no añaden mucho al dilema que se plantea en la mente de Rebecca, seguir siendo reportera en zonas de conflicto o volver a Irlanda e intentar llevar una vida normalizada con su marido y sus dos hijas. Las discusiones aparentemente dramáticas que surgen como resultado de este dilema se presentan demasiado forzadas, tanto con su marido Marcus (Nikolaj Coster-Waldau, conocido sobre todo por ser parte de Juego de tronos), que le lleva a abandonar su profesión, como con su hija Steph (Lauryn Canny), que en su actitud juvenil, se rebela contra el mundo y contra el vacío que crea su madre cada vez que se va. Eso sí, el viaje (un poco forzado en el guión) que hacen madre e hija a Kenya para crear un clímax dramático en medio de la historia y en la vida de pareja de los protagonistas, recuperará el instinto que había quedado agazapado de la reportera (de hecho, ella habla del instinto como la razón que le lleva a arriesgarse tanto en las zonas de conflicto) y crea de nuevo una situación atractiva en la película. Así, cuando el peligro le llama, Rebecca abandonará a su hija para que la lleven a un lugar seguro y ella pueda internarse y hacer sus impactantes fotografías que ayudarán para que la ONU mande más protección a los campamentos de refugiados (Erik Poppe no desaprovecha estos momentos para crear una especie de autorreflexión-mensaje sobre uno de los objetivos de un reportero de guerra, que la ayuda internacional llegue a lugares en conflicto). Más adelante, tras un breve inciso meloso y demasiado almibarado (con búsqueda de gato perdido incluido), el marido descubre lo que Rebecca hizo en Kenya gracias a la sorprendente (¿?) grabación que Steph hizo al dejarse la cámara encendida. Lo forzado del descubrimiento hace que la película baje enteros por un precipicio hasta prácticamente el tramo final en Kabul que hemos comentado antes. De hecho, los momentos más flojos aparecen durante este precipicio, sobre todo por lo descaradamente simbólicos y emocionalmente vacuos: el aparente fusilamiento fotográfico al que somete Steph a su madre en el coche; la inesperada (¿?) llamada de la editora de Rebecca para que vaya de nuevo a Afganistán y el intento de la reportera por tomar el avión; o la exposición del viaje a Kenya de Steph en el colegio. Creo que no añado nada si digo que todas estas escenas están edulcoradas con una música que intenta desarmar al espectador, pero que sólo consigue irritar por lo evidente del propósito. Y si de hablamos de símbolos, no podemos olvidar el móvil “familia unida” que Rebecca trae de Kabul tras la bomba del principio, y cuya insistente imagen nos recordará continuamente aquello que el realizador noruego quiere poner encima de la mesa, el debate entre el instinto del reportero de guerra y su amor hacia la familia en el hogar. Y como ese, hay unos cuantos, sean objetos (globos) o imágenes (el cuerpo de Rebecca en el agua y del revés)

Mil veces buenas noches no pasará a la historia como una gran reflexión sobre los reporteros de guerra, pero la buena interpretación de Juliette Binoche, junto con aciertos esporádicos de puesta en escena (el principio, el final y el episodio de Kenya), hacen de la película un buen entretenimiento que se deja ver. Y entra en el club del subgénero “Reporteros de guerra“, del que son mejores muestras, eso sí, filmes de ficción más redondos como El año que vivimos peligrosamente (Peter Weir, 1983), Bajo el fuego (Roger Spottiswoode, 1983), Los gritos del silencio (Roland Joffé, 1984), Las flores de Harrison (Elie Chouraqui, 2000) o The Bang Bang Club (Steven Silver, 2011) y en el terreno documental War Photographer (Christian Frei, 2001) o La ciudad de los fotógrafos (Sebastián Moreno, 2006).

¿Y qué pensará de todo esto Gervasio Sánchez?